jueves, 25 de abril de 2013

LEY DEL NEGACIONISMO...reflexiones.


Reflexiones sobre la ley del negacionismo. Salomón Lerner Febres. 

El tema será debatido en breve en el pleno del Congreso de la República. Se trata de una norma que se propone castigar con pena privativa de libertad –de hasta doce años– a cualquier persona que públicamente “apruebe, justifique, niegue, o minimice los delitos cometidos por integrantes de organizaciones terroristas”.

Creemos necesario reiterar –pues ya nos habíamos ocupado del tema- que tal y como está formulado, este proyecto presenta graves problemas de fondo. Presupone que la ciudadanía está bien informada acerca de  ocurrido durante el conflicto que padecimos  de modo que, sobre esa base, el acto de aprobar, justificar, negar o minimizar los crímenes de Sendero Luminoso y el MRTA constituirían delito.  Sin embargo, se trata de una presuposición de escaso valor.  Lamentablemente,  los intentos por esclarecer la memoria de la historia han sido recibidos con hostilidad o indiferencia por la mayoría de los políticos en actividad. El Informe Final de la CVR quiso invitar a un diálogo razonado sobre lo que ella examinó; ahora bien ello se halla aún pendiente. Incluso se lo ha obstaculizado cuando  desde el propio Congreso se ha combatido el proyecto de incorporar  el tema en la escuela. Es obvio que sin una honesta  política de reconstrucción de la memoria histórica, una ley como esta no podrá  ser aplicada correctamente.
Analizando el texto que se desea aprobar  resulta necesario preguntarse por los alcances de los actos de “negar”, “aprobar”, “minimizar” y “justificar” determinados hechos históricos. Es necesario distinguir cuándo realmente alguien realiza estas acciones, y cuándo alguien está emitiendo  simplemente una opinión (falsa, desinformada o cuestionable). Quien determina la diferencia entre la práctica del negacionismo y la emisión de una opinión es el juez, y el criterio de demarcación entre un caso y el otro resulta ardua tarea.  Recientes sucesos  ponen de manifiesto lo problemático de entregar esta clase de responsabilidad y poder de decisión a jueces ineptos, corriéndose el riesgo de atentar contra la libertad de expresión, principio básico para la vida en democracia.
Habría que añadir que tal y como ha sido planteado, el  proyecto parece ser unilateral.  El documento desea  penalizar la negación o la justificación de los delitos cometidos por los grupos terroristas –ciertamente, los principales perpetradores de violaciones de derechos humanos-, pero no se pronuncia  sobre  quienes avalan o niegan en público crímenes que,  en ocasiones, cometieron malos agentes del Estado. La justicia exige que como sociedad y como Estado seamos capaces de reconocer que, en determinados contextos, algunos efectivos de las fuerzas del orden no se hallaron a la altura de su misión y vulneraron la ley.
La ciudadanía y el gobierno se han propuesto detener el avance del MOVADEF, organización de fachada de Sendero Luminoso, cuya prédica ha conseguido movilizar, lamentablemente, a algunos jóvenes. Existen buenas razones para enfrentar a este grupo. Sin embargo, el modo correcto de asumir la tarea no consiste ni se agota en producir una ley que pueda lesionar la libertad de expresión o generar  formas  de arbitrariedad o represión. Vencer a grupos como el MOVADEF  solo será posible combatiéndolos políticamente, mostrando la evidencia histórica que prueba la insania de Sendero Luminoso, sus prácticas terroristas y  la entraña fundamentalista de su ideología. Eso  implica recuperar una memoria fiel y honesta, tarea a la que se ha opuesto este grupo senderista, así como, curiosamente, el sector más conservador de la política peruana. A veces, los extremos ideológicos tienden a tocarse. Esclarecer el pasado vivido  y aprender de él constituye una buena forma de oponerse a los que predican el silencio y la impunidad.
FUENTE: http://www.larepublica.pe/columnistas/desde-las-aulas/reflexiones-sobre-la-ley-del-negacionismo-20-04-2013

LIBERTAD DE EXPRESIÓN.03. Carlos Tovar:carlincaturas

Esta es la carlincatura (19-04-2013) que exasperó al presidente del Poder Judicial  (2013) Enrique Mendoza.   

Amenaza

Carlín aclara al presidente del Poder Judicial que la caricatura es una ficción

Enrique Mendoza anunció que envía una carta a "Carlín" para que se rectifique. "Si no, lo denuncio", advirtió. El caricaturista dijo que él sólo había dibujado una situación imaginaria.
Alfonso Rivadeneyra.
La República publicó el viernes último, como todos los días, la opinión gráfica de Carlos Tovar ‘Carlín’, uno de los caricaturistas más destacados del país, pero ayer el presidente del Poder Judicial, Enrique Mendoza, se sintió aludido con esa imagen y advirtió que lo denunciará si no se rectifica.
En declaraciones a RPP Radio, Mendoza informó que enviará una carta al dibujante en protesta por la ‘Carlincatura’ “porque ahí me ponen en una comparsa con una estrella aprista en el pecho”.
“Sí, le estoy enviando una carta a Carlín, a quien, la verdad, le tengo respeto porque hace un buen trabajo, en una sola figura conjuga una situación política... pero no puedo aceptarle de ninguna manera a ese señor Carlín que me venga a poner una filiación con un partido político, de ninguna manera, no solamente porque es mentira sino que afecta mi cargo. ¿Qué le pasa a ese señor? Está bien que quiera hacer bromas, pero le estoy enviando una carta bajo apercibimiento, si no lo denuncio”, anotó.
La ‘Carlincatura’ muestra  a un grupo de personas con la estrella del APRA en el pecho y el siguiente texto: “Para que tengan una idea de lo que pasa en Venezuela: es como que, aquí, el presidente de la Corte Suprema, el del Consejo de la Magistratura, el fiscal de la Nación y la mayoría del Tribunal Constitucional fueran del mismo partido. ¡Imagínense!”.
Consultado sobre tal amenaza, Tovar indicó que la imagen mencionada pertenece al campo de la ficción, por lo cual desconoce la preocupación del juez.
“Lo que he dibujado es una situación imaginaria y al final del texto dice‘¡imagínense!’. Así que no sé por qué el señor presidente del Poder Judicial se preocupa de situaciones imaginarias”, indicó el dibujante.
“Las caricaturas en general pertenecen al mundo de la ficción y, si bien reflejan la realidad, nunca pretenden ser una descripción exacta. Creo que el señor presidente está equivocado y más aún en este caso que, como repito, claramente se dice que es una situación imaginaria... y por último yo no he mencionado ni siquiera el nombre del presidente del Poder Judicial”, explicó.
FUENTE: http://www.larepublica.pe/21-04-2013/carlin-aclara-al-presidente-del-pj-que-la-caricatura-es-una-ficcion



domingo, 21 de abril de 2013

MATRIMONIO EN BOMBAY

Mario Vargas Llosa

Roberto es un peruano de Lima y Nus una india de Bombay. Ambos estudiaron en Estados Unidos y trabajan para una compañía de publicidad transnacional. Se conocieron en Nueva Delhi, se enamoraron en Shanghái donde fueron a hacer una campaña publicitaria y ahora residen en Nueva York. Allí tomaron la decisión de casarse. El matrimonio se celebrará en Bombay, residencia de la familia de la novia. Como Roberto es hijo de unos amigos muy queridos, Patricia y yo hemos venido a acompañarlos y, con nosotros, más de un centenar de forasteros de medio mundo, sobre todo, peruanos.
Este enlace y estos amores son un producto de la globalización, no hubieran sido posibles unos años atrás. Nus es la primera persona de su extenso linaje que se casa por amor. Hasta ahora, en su familia los matrimonios fueron siempre arreglados, como sigue ocurriendo en innumerables hogares indios, y, principalmente, entre las familias de religión musulmana que, como los progenitores de Nus, pertenecen a la secta Bohri, de un millón de prosélitos, caracterizada por su fidelidad a la tradición.
Cuando Nus informó a sus padres que quería casarse con Roberto, aquéllos se alarmaron. Su madre le propuso un muestrario de pretendientes, pero ya que la muchacha no daba su brazo a torcer, la familia aceptó conocer al exótico joven procedente del Perú –y, encima, de familia nazarena– que aspiraba a desposar a su hija. Roberto vino a Bombay, se las arregló para pasar el examen y seducir a sus futuros parientes políticos, los que, finalmente, consintieron a la boda.
Ésta durará cuatro días y constituirá una obra sutil de equilibrio religioso, musical, sociológico, diplomático e idiosincrático. El primer día consta de una ceremonia privada a la que asisten sólo las familias. Se firma el contrato matrimonial y el abuelo de Nus la “entrega” simbólicamente a su novio. Los otros tres días consisten en fiestas y cenas copiosas, con bailes, canciones, espectáculos y manjares donde se alternan la tradición y lo moderno, el oriente indio, la América gringa e hispánica y fogonazos del resto del mundo.
El Hotel Taj Mahal Palace, ya restaurado en su antigua magnificencia de los estragos que le infligieron unos terroristas venidos de Pakistán, que destrozaron sus instalaciones y las sembraron de sangre y de cadáveres,  es el escenario de la ceremonia llamada Mehndi. A los invitados hombres nos enturbantan y a las damas unos diligentes diseñadores les bordan en las manos y en los pies los delicados encajes “henna”, portadores de buena suerte, con una tintura que se irá desvaneciendo al paso de los días. Las guayaberas y las chaquetas se entreveran con los blusones y las camisolas, las sandalias y pantuflas con los zapatos, así como los saris delicados con atrevidas minifaldas occidentales. De acuerdo a las instrucciones, se evitan los atuendos en blanco y en negro. Hay un colorido espectáculo de  bailarinas, cantantes y músicos de Rajastán y una comida estrictamente vegetariana, de misteriosa factura y ardiente como el fuego. Que no se sirva gota de alcohol no es obstáculo para que los jóvenes, la gran mayoría de asistentes, se lancen a bailar las danzas locales y formen al poco rato una algarabía frenética, haciendo figuras, rondas, trencitos, en torno a los novios que presiden la fiesta en estado de trance. Yo resisto hasta la medianoche pero aquello se alarga hasta el amanecer.
La fiesta del día siguiente, llamada Sangeet, es informal y más latina que india. La terraza del Hotel Intercontinental, que mira al Mar de Arabia, ha sido transformada en una explanada caribeña –uno se creería en Santo Domingo,  Cartagena o Jamaica– y la música que atruena la noche son merengues, cumbias, mambos, guarachas, románticos boleros y, por fin, las indescifrables danzas modernas norteamericanas. Se brinda con vino, champagne, whisky, y los indios, ahora en franca minoría ante los latinos, toman el desquite cuando los amigos y amigas de los novios presentan un número de danza inspirado en los melodramas musicales de Bollywood, la más fecunda productora de películas del mundo –cerca de mil al año y en treinta lenguas distintas– que tiene sus desarrapados estudios en las afueras de Bombay. Es divertido, cómico, simpático, y acaba de romper las barreras de idiomas, creencias y costumbres y confundir a todos los jóvenes en un jolgorio de sincretismo exaltado y glorioso. Cuando me arrastro hasta mi hotel, aquello sólo está empezando.
La ceremonia del último día, Walima, es la más bonita y llamativa. En ella no se bebe alcohol ni se bailan danzas modernas, se desfila por la calle y luego, en un hermoso jardín vecino al Paseo Marítimo, se felicita y despide a los novios, mientras se degustan las especialidades culinarias de la comunidad Bohri preparadas por la familia de Nus. El atuendo indio prevalece y muchos extranjeros llevan también Salwaar Kameez, blusas y faldas Lehenga, saris, chaquetas Nehru, turbantes y babuchas. El desfile callejero, desde el Trident Hotel, dura varias cuadras. Los novios van en lo alto de una carroza decorada con flores y tirada por caballos, mientras a su alrededor  parientes y amigos cantan alabanzas y hacen votos de buena fortuna para los recién casados. Una pequeña orquesta con cornetas, tambores y platillos escapada de una película de Fellini preside el cortejo.
La gente de las veredas y los autos sonríe, saluda, envía buenaventuras y, de pronto, descubro que, también aquí, entre las bellas muchachas envueltas en sedas, los caballeros elegantes y las damas que lucen sus joyas, se han entreverado los mendigos: ancianos, hombres y mujeres, niños que apenas han aprendido a andar, con las manos estiradas, luciendo sus harapos, su ceguera, sus muñones, su delgadez esquelética, su desamparo. Son la presencia brutal de la realidad en este cuento de hadas.
Las estadísticas dicen que la India, la más grande democracia del mundo, viene dando una formidable batalla contra la pobreza, creciendo desde hace quince años a un promedio parecido al de China –entre un 9 y 10 por ciento anual– y que cada año millones de pobres dejan de serlo y se incorporan a las pujantes clases medias.  Todo ello es cierto. Pero las verdades estadísticas no dicen nunca toda la verdad. Lo que ocultan (y esto vale también para China, Brasil y todos los nuevos gigantes) es que, a pesar de ese admirable progreso, decenas y, acaso, centenas de millones de indios han quedado atrás, varados, y no tendrán ya la oportunidad de salir del infierno de miseria y desesperanza.
Eso es lo que nos recuerdan los mendigos de esta fascinante y estremecedora ciudad cuyas calles atestadas parecen salidas de las parábolas de Borges sobre el infinito y la vertiginosa eternidad. Están por todas partes, callados, pacíficos, terribles: a las puertas del Museo Nacional y sus hermosas colecciones de pinturas nepalesas y tibetanas; en torno a la desvencijada mansión victoriana Mani Bhavan , donde vivió el asceta Mahatma Gandhi que con su limpia palabra y sus ayunos derrotó al imperio británico; al pie de la Puerta de la India y en los andenes y escalinatas de la Victoria Terminus Station, tan presente en las historias de Rudyard Kipling,  parecida a la estación St. Pancras de Londres, pese a las capas de mugre que recubren sus relojes, lampadarios, balcones, asientos y techos, ventanales y paredes de falso gótico, y están también en el embarcadero donde los turistas suben a los barquitos que los llevarán a la isla de Elefanta, a ver las monumentales esculturas de Shiva excavadas en las grutas.
Están allí porque en Bombay, a diferencia de lo que ocurre en Lima, Madrid, México o Río de Janeiro, la pobreza y la riqueza no tienen sus barrios acotados para que aquella no turbe ni asuste a quienes disfrutan de una vida digna. No, en esta ciudad  ricos y pobres andan mezclados de manera inextricable y, por ejemplo, la casa-rascacielos del multibillonario Ambaní, uno de los hombres más ricos del mundo, levanta hacia los cielos sus trescientas habitaciones desde una barriada donde deben apiñarse las familias más menesterosas de la ciudad.
Roberto y Nus, claro está, no pueden pensar en este momento en estas cosas tristes. Allí están, jóvenes, apuestos, ella bellísima en sus gráciles sedas, maquillada con arte impecable, y él, desenvuelto como si hubiera llevado toda la vida ese atuendo oriental. Reciben las felicitaciones con alegría y esperan el instante final, el de “los zapatos nuevos”, que, al ser entregados por la madre del novio a Nus, marcarán el término de la boda.
¿Serán felices? Para casarse han tenido que vencer enormes obstáculos, un excelente comienzo. Un matrimonio feliz es una empresa común y exige tanta dedicación, fervor, paciencia e insistencia como una gran novela. Gentes de cinco continentes y una veintena de países hemos venido aquí a exigirles que sean felices. No deberían defraudarnos.
FUENTE: http://www.larepublica.pe/columnistas/piedra-de-toque/matrimonio-en-bombay-15-01-2012

GRECIA.


¿Por qué Grecia?Mario Vargas LLosa 

En aquella cena, hace ya varios años, me sentaron junto a una señora de edad que cubría sus ojos con unos grandes anteojos oscuros. Era amable, elegante, hablaba un francés exquisito y, pese a que hacía grandes esfuerzos por disimularlo,  en todo lo que decía y opinaba se traslucía una enorme cultura. Sólo a media cena advertí, por las grandes precauciones con que manejaba los cubiertos, que era ciega o, cuando menos, que su visión era mínima. Sólo después de despedirnos, averigüé que Jacqueline de Romilly era una gran helenista, catedrática de griego clásico en la École Normale y en la Sorbona, la primera mujer en ser elegida miembro del Colegio de Francia y una de las pocas representantes del género femenino en la Academia Francesa.

El  primer  libro  suyo  que  leí, Pourquoi la Grèce?, me deslumbró tanto como su persona. Aunque lo que dice y cuenta en él ocurrió hace veinticinco siglos, es de una extraordinaria actualidad y su lectura debería ser obligatoria en estos días para aquellos europeos que, espantados con lo que está ocurriendo en Grecia, su deuda vertiginosa, su anarquía política, su empobrecimiento pavoroso y la ascensión de los extremismos fascista y comunista en sus últimas elecciones, creen que la salida de ese país de la moneda única, e incluso de la Unión Europea, es inevitable y hasta necesaria.
El libro cuenta cómo la joven Jacqueline leyó en sus años escolares a Tucídides y cómo la impresión que hizo en ella uno de los dos fundadores de la disciplina histórica (con Heródoto) orientó su vocación a los estudios de la Grecia clásica, a la que dedicaría su vida. El ensayo pasa revista, de manera clara, entretenida y profunda –rara alianza para una especialista– a ese milagroso siglo V antes de nuestra era en el que la historia, la filosofía, la tragedia, la política, la retórica, la medicina, la escultura alcanzan en Grecia su apogeo y sientan las bases de lo que con el tiempo se llamaría la cultura occidental.  Homero y  Hesíodo son bastante anteriores al siglo V, desde luego, y hay artistas, pensadores y comediógrafos posteriores a ese marco temporal. El ensayo no vacila en retroceder o avanzar para incluirlos en el legado griego, aunque el grueso de lo que llama “una visita guiada a través de los textos” se concentra  en ese pequeño período de cien años en que en el reducido espacio del mundo heleno hay como una eclosión frenética, enloquecida, de creatividad en todos los dominios del espíritu, con ideas, modelos estéticos, patrones intelectuales, inventos y descubrimientos, gracias a los cuales la civilización del logos tomaría una distancia decisiva respecto a todas las otras culturas del pasado y de su tiempo y, sin pretenderlo ni saberlo, cambiaría para siempre la historia del mundo.
Jacqueline de Romilly muestra que en Grecia nacieron, o cobraron una realidad y dinamismo que nunca tuvieron antes en la vida social de pueblo alguno, los factores determinantes del progreso humano, como la democracia, la libertad, el derecho, la razón y el arte emancipados de la religión,  las nociones de igualdad, de soberanía individual, de ciudadanía, y una manera absolutamente nueva de relacionarse el hombre con el más allá y con los dioses, además, por supuesto, de una idea de la belleza y de la fealdad, de la bondad y la maldad, de la felicidad y la desdicha, que, aunque con los inevitables matices y adaptaciones que ha ido imponiéndoles la historia, siguen vigentes.
Maravilla que un pueblo tan pequeño y tan poco cohesionado políticamente, hecho de unas cuantas ciudades y colonias repartidas por Europa y el Asia menor, que conservaban un enorme margen de autonomía entre ellas, un pueblo tan instintivamente reticente a conformar un imperio, a practicar el imperialismo y a someterse a la prepotencia de un tirano (como hicieron todos los otros) haya sido capaz de dejar en la historia de la humanidad una huella tan honda, tan presente todavía tantos siglos después, en tanto que casi todos los otros grandes imperios o civilizaciones –los persas y los egipcios, por ejemplo– sean ahora sobre todo, sin olvidar ninguna de sus maravillas, piezas de museo.
No fue un accidente, ni obra del azar, hubo razones para ello y el libro de Jacqueline de Romilly las hace desfilar ante nuestros ojos con la misma desenvoltura, belleza y elegancia con que su conversación me hechizó a mí aquella noche. Los diálogos socráticos y platónicos, además de una manera de filosofar, nos explica, enseñaron a los seres humanos que conversar, hablar en grupo, es una manera más civilizada y ética de convivir que dando órdenes u obedeciéndolas, una forma de la comunicación que reconoce o establece de entrada una igualdad de base, una reciprocidad de derechos, entre los interlocutores. Así fue surgiendo la libertad, desanimalizándose el hombre, naciendo de verdad la humanidad del ser humano.
Esta demostración en Pourquoi la Grèce? no aparece como un discurso abstracto, sino a través de comentarios y de citas literarias, porque, como su autora no se cansa de repetirlo, todo aquello que constituye una cultura está esencialmente representado en sus obras literarias, y la verdadera crítica es aquella que escudriña la poesía, la narrativa, el drama, los ensayos que una sociedad produce en busca de esas verdades recónditas que alimentan su imaginación e impregnan las aventuras y los personajes a que sus artistas dieron vida para aplacar la sed de absoluto, de vivir otras vidas, de sus gentes.
“Sin saberlo, respiramos el aire de Grecia a cada instante”, dice en una de sus páginas. No es la menor de las paradojas que los griegos, que nunca conquistaron a pueblo alguno y sólo combatieron en defensa de su libertad, hayan dominado luego discretamente al mundo entero, empezando por Roma, cuyas legiones creyeron apoderarse de Grecia sin esfuerzo, cuando, en verdad, sería el pueblo vencido el que terminaría por infiltrarse en la mente, el espíritu y hasta la lengua del conquistador (el ensayo revela que, durante buen tiempo, fue de buen gusto entre las familias romanas contemporáneas de Cicerón y de Virgilio hablar en lengua griega).   
Es verdad que la Grecia de nuestros días es muy distinta de aquella donde se construyó el Partenón, en la que peroraba Solón y esculpía Fidias sus estatuas. En los veinticinco siglos intermedios su pueblo ha experimentado acaso más infortunios y catástrofes que la mayoría de los otros: guerras externas e internas, ocupaciones que por siglos acabaron con su libertad, tiranías y segregaciones que varias veces amenazaron con desintegrarla. Esta mañana leo en el International Herald Tribune una espeluznante descripción del estado de su economía, los grotescos privilegios de que han gozado en todos estos años sus armadores, banqueros y empresarios más prósperos, exonerados de pagar impuestos, y las fortunas que han fugado y siguen fugando del país hacia Suiza y los paraísos fiscales más seguros del planeta, en tanto que el pueblo griego se sigue empobreciendo, viendo encogerse sus salarios o pasando al paro, a la mendicidad y al hambre.
Ante este panorama, lo que debería sorprender no es que muchos griegos hayan votado en las últimas elecciones por nazis y extremistas de izquierda; sino, más bien, que haya todavía tantos griegos que sigan creyendo en la democracia, y que las encuestas para la próxima elección señalen que los partidos de centro izquierda, centro y centro derecha, que defienden la opción europea y aceptan las condiciones que ha impuesto Bruselas para el rescate griego, podrían obtener la mayoría y formar gobierno.
Mi esperanza es que así sea porque, simplemente, Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso. Europa nació allá, al pie de la Acrópolis, hace 25 siglos, y todo lo mejor que hay en ella, lo que más aprecia y admira de sí misma, incluyendo la religión de Cristo –una de las páginas más hermosas del ensayo de Jacqueline de Romilly explica por qué buena parte de los Evangelios se escribieron en lengua griega–, así como las instituciones democráticas, la libertad y los derechos humanos tienen su lejana raíz en ese pequeño rincón del viejo continente, a orillas del Egeo, donde la luz del sol es más potente y el mar es más azul. Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone y deshaga en esa confusión bárbara de irracionalidad y violencia de la que la civilización griega nos sacó.
FUENTE: http://www.larepublica.pe/columnistas/piedra-de-toque/por-que-grecia-02-06-2012

LA CASA DE MOLIÈRE.


Mario Vargas LLosa                                                                                                                               A fines de los años cincuenta, cuando vine a vivir a París, aunque uno fuera paupérrimo podía darse el lujo supremo de un buen teatro, por lo menos una vez por semana. La Comédie Française tenía las matinés escolares, no recuerdo si los martes o los jueves, y esas tardes representaba las obras clásicas de su repertorio. Las funciones se llenaban de chiquillos con sus profesores, y las entradas sobrantes se vendían al público muy baratas, al extremo de que las del ‘gallinero’ –desde donde se veía sólo las cabezas de los actores– costaban apenas cien francos (pocos centavos de un euro de hoy). Las puestas en escena solían ser tradicionales y convencionales, pero era un gran placer escuchar el cadencioso francés de Corneille, Racine y Molière (sobre todo el de este último), y, también, muy divertido, en los entreactos, escuchar los comentarios y discusiones de los estudiantes sobre las obras que estaban viendo.
Desde entonces me acostumbré a venir regularmente a la Comédie Française y lo he seguido haciendo a lo largo de más de medio siglo, en todos mis viajes a París: Francia ha cambiado mucho en todo este tiempo, pero no en la perfecta dicción y entonación de estos comediantes que convierten en conciertos las representaciones de sus clásicos.
Vine también ahora y me encontré con que la Gran Sala Richelieu estaba cerrada por trabajos en la cúpula que tomarán todavía más de un año. Para reemplazarla se ha construido en el patio del Palais Royal un auditorio provisional muy apropiadamente llamado el Théâtre Éphémère. El local es precario, el frío siberiano de estos días parisinos se cuela por los techos y rendijas y los acomodadores (nunca había visto algo semejante) nos reparten a los ateridos y heroicos espectadores unas gruesas mantas para protegernos del resfrío y la pulmonía. Pero todos esos inconvenientes se esfuman cuando se corre el telón, comienza el espectáculo y el genio y la lengua de Molière se adueñan de la noche.
Se representa Le Malade imaginaire, la última obra que escribió Jean-Baptiste Poquelin, que haría famoso el nombre de pluma de Molière, y en la que estaba actuando él mismo la infausta tarde del 17 de febrero de 1673, en el papel de Argan, el enfermo imaginario, víctima de lo que los fisiólogos de la época llamaban deliciosamente “la melancolía hipocondríaca”. Era la cuarta función y el teatro llamado entonces del Palais Royal estaba repleto de nobles y burgueses. A media representación el autoritario y delirante Argan tuvo un acceso de tos interminable que, sin duda, los presentes creyeron parte de la ficción teatral. Pero no, era una tos real, cruda, dura e inesperada. La función debió suspenderse y el actor, llevado de urgencia a su casa vecina con una vena reventada por la violencia del acceso, fallecería unas cuatro horas después. Había cumplido cincuenta y un años y, como no tuvo tiempo de confesarse, los comediantes de la compañía formada y dirigida por él, junto con su viuda, debieron pedir una dispensa especial al arzobispo de París para que recibiera una sepultura cristiana.
Buena parte de esos 51 años de existencia se los pasó Molière viviendo no en la realidad cotidiana sino en la fantasía y haciendo viajar a sus contemporáneos –campesinos, artesanos, clérigos, burócratas, comerciantes, nobles– al sueño y la ilusión. Las milimétricas investigaciones sobre su vida de ejércitos de filólogos y biógrafos a lo largo de cuatro siglos arrojan casi exclusivamente las idas y venidas del actor J.B. Poquelin a lo largo de los años por todas las provincias de Francia, actuando en plazas públicas, patios, atrios, palacios, ferias, jardines, carpas, y, luego de su instalación en París, escribiendo, dirigiendo y encarnando a los personajes de obras suyas y ajenas de manera incesante. Y, cuando no lo hacía, contrayendo o pagando deudas de los teatros que alquilaba, compraba o vendía, de tal modo que, se puede decir, la vida de Molière consistió casi exclusivamente –además de casarse con una hija de su amante y producir de paso unos vástagos que solían morirse a poco de nacer– en vivir y difundir unas ficciones que eran unos espejos risueños y deformantes, y, a veces, luciferinamente críticos de la sociedad y las creencias y costumbres de su tiempo.
Llegó a ser muy famoso y considerado por unos y otros el más grande comediante de la época, insuperable en el dominio de la farsa y el humor, pero, detrás de la risa, la gracia y el ingenio que a todos seducían, sus obras provocaron a veces violentas reacciones de las autoridades civiles y eclesiásticas –el Tartufo fue prohibido por ambas en varias ocasiones– y el propio Luis XIV, que lo admiraba e invitó a su compañía a actuar en Versalles y en los palacios de París y alrededores ante la corte, y fue a menudo a aplaudirlo al teatro del Palais Royal, se vio obligado también en dos ocasiones a censurar las mismas obras que en privado había celebrado.
El enfermo imaginario no tiene la complejidad sociológica y moral del Tartufo, ni la chispeante sutileza de El avaro, ni la fuerza dramática de Don Juan, pero entre el melodrama rocambolesco y la leve intriga amorosa hay una astuta meditación sobre la enfermedad y la muerte y la manera como ambas socavan la vida de las gentes.
Cuando escribió la obra, estaba de moda –él había contribuido a fomentarla– incorporar a las comedias números musicales y de danza –el propio Rey y los príncipes acostumbraban a acompañar a los bailarines en las coreografías– y la estructura original de El enfermo imaginario es la de una opereta, con coros y bailes que se entrelazan constantemente con la peripecia anecdótica. Pero en este excelente montaje del fallecido Claude Stratz, esas infiltraciones de música y ballet se han reducido, con buen criterio, a su mínima expresión.
Paso dos horas y media magníficas y, casi tanto como lo que ocurre en el escenario, me fascina el espectáculo que ofrecen los espectadores: su atención sostenida, sus carcajadas y sonrisas, el estado de trance de los niños a los que sus padres han traído consigo abrigados como osos, las ráfagas de aplausos que provocan ciertas réplicas. Una vez más compruebo, como en mis años mozos, que Molière está vivo y sus comedias tan frescas y actuales como si las acabara de escribir con su pluma de ganso en papel pergamino. El público las reconoce, se reconoce en sus situaciones, caricaturas y exageraciones, goza con sus gracias y con la vitalidad y belleza de su lengua.
Viene ocurriendo aquí hace más de cuatro siglos y ésa es una de las manifestaciones más flagrantes de lo que quiere decir la palabra civilización: un ritual compartido, en el que una pequeña colectividad, elevada espiritual, intelectual y emocionalmente por una vivencia común que anula momentáneamente todo lo que hay en ella de encono, miseria  y violencia  y exalta lo que alberga de generosidad, amplitud de visión y sentimiento, se trasciende a sí misma. Entre estas vivencias que hacen progresar de veras a la especie, ocupa un papel preponderante aquello a lo que Molière dedicó su vida entera: la ficción. Es decir, la creación imaginaria de mundos donde podemos refugiarnos cuando aquel en el que estamos sumidos nos resulta insoportable, mundos en los que transitoriamente somos mejores de lo que en verdad somos, mundos que son el mundo real y a la vez mundos soberanos y distintos, con sus leyes, sus ritmos, sus valores, su música, sus ideas, sostenidos por una conjunción milagrosa de la fantasía y la palabra.
Pocos creadores de su tiempo ayudaron tanto a los franceses, y luego al mundo entero, como el autor de El enfermo imaginario, a salir de los quebrantos, las infamias, la coyunda y las rutinas cotidianas y a transformar las amarguras y los rencores en alegría, esperanza, contento, a descubrir la solidaridad y la importancia de los rituales y las formas que desanimalizan al ser humano y lo vuelven menos carnicero. La historia, más que una lucha de religiones o de clases, ha opuesto siempre esos pequeños espacios de civilización a la barbarie circundante, en todas las culturas y las épocas y a todos los niveles de la escala social. Uno de esos pequeños espacios que nos defienden y nos salvan de ser arrollados del todo por la estupidez y la crueldad oceánicas que nos rodean es éste que creó Molière en el corazón de París y no hay palabras bastantes en el diccionario para agradecérselo como es debido.
FUENTE: http://www.larepublica.pe/columnistas/piedra-de-toque/la-casa-de-moliere-12-02-2012

MEMORIAS DE UN SOLDADO


El soldado desconocido                         Domingo, 16 de diciembre de 2012. Mario Vargas Llosa

Lurgio Gavilán Sánchez ha tenido una vida que parece sacada de una novela de aventuras. La cuenta en una autobiografía que acaba de publicar: Memorias de un soldado desconocido (IEP, 2012).  Nacido en una aldea indígena de la sierra peruana, a los doce años se enroló, emulando a su hermano mayor, en un destacamento revolucionario de Sendero Luminoso y durante cerca de tres años fue un activo participante en la sangrienta utopía maoísta de Abimael Guzmán, la “cuarta espada del marxismo”, que quería materializar en los Andes, mediante el terror, el paraíso comunista.
Antes de cumplir 15 años, su destacamento fue emboscado por el Ejército.  Normalmente, hubiera sido ejecutado, como exigían los ronderos (campesinos que lucharon contra Sendero) que participaron en su captura. Pero el teniente de la patrulla militar –nunca conoció su nombre, solo su apodo, “Shogún”– se compadeció del chiquillo, le perdonó la vida y le embutió un uniforme de soldado. También lo mandó a la escuela, donde Lurgio aprendió a leer. Durante siete años sirvió en el Ejército, siempre en la región de Ayacucho, combatiendo a sus antiguos camaradas y participando a veces en operaciones tan crueles como las que perpetraba la Compañía 90 de Sendero Luminoso a la que perteneció.  Llegó a ser sargento primero y, cuando estaba por ascender a suboficial, pidió su baja.
Gracias a una monja, había descubierto en él una vocación religiosa.  Consiguió ser aceptado como aspirante en la orden franciscana y durante algunos años fue novicio, primero en Lima y luego en el convento colonial de Ocopa, en el departamento andino de Junín. Los años que estuvo de novicio franciscano parece haberlos vivido intensamente, entregado al estudio y a la meditación, al ejercicio de la catequesis en aldeas campesinas y visitando centros misioneros de la sierra oriental y la Amazonia.
Pero, luego de algunos años, colgó los hábitos para estudiar antropología, disciplina a la que se dedica desde entonces.
El libro en que Lurgio Gavilán Sánchez cuenta su historia es conmovedor, un documento humano que se lee en estado de trance por la experiencia terrible que comunica, por su evidente sinceridad y limpieza moral, su falta de pretensión y de pose, por la sencillez y frescura con que está escrito. No hay en él ni rastro de las enrevesadas teorías y la mala prosa que afean a menudo los libros de los “científicos sociales” que tratan sobre el terrorismo y la violencia social, sino una historia en la que lo vivido y lo contado se integran hasta capturar totalmente la credibilidad y la simpatía del lector.
Limitándose a contar lo que vivió e intercalando a veces en el relato breves evocaciones del paisaje andino, la desaparición de los compañeros, la muerte de su hermano, el miedo cerval que a veces sobrecogía a todo el grupo, y la ferocidad de algunos hechos –la ejecución del centinela que se quedaba dormido, por ejemplo, y el asesinato de los reales o supuestos soplones–, Lurgio Gavilán instala al lector en el corazón de la locura ideológica y la crueldad vertiginosa que vivió el Perú, en los años ochenta, sobre todo en la región de los Andes centrales, por la guerra que desató Sendero Luminoso. Lo que comienza como un sueño igualitario de justicia social se convierte pronto en un aquelarre de disparates sectarios y brutalidades ilimitadas. A diario hay sesiones de adoctrinamiento en las que los guerrilleros leen –en voz alta para los que no saben leer– folletos de Stalin, Lenin, Marx y Abimael Guzmán y cantan marchas revolucionarias. Al principio, los campesinos ayudan y alimentan a los guerrilleros, pero, luego, estos imponen esta ayuda por la fuerza, y, a la vez, ejecutan matanzas colectivas contra las comunidades rebeldes a la revolución, que apoyan a los ronderos. Al mismo tiempo, ahorcan o fusilan a sus propios compañeros sospechosos de ser “soplones”. Todos viven en la inseguridad y el temor de caer en desgracia, por debilidad humana –robar comida, por ejemplo– pues el castigo es casi siempre la muerte.
El salvajismo no es menor entre los soldados que combaten a los terroristas. Los derechos humanos no existen para las fuerzas del orden ni se respetan las más elementales leyes de la guerra.  Los prisioneros son ejecutados casi de inmediato, salvo si se trata de mujeres, pues a estas, antes de matarlas, las llevan al cuartel para que cocinen, laven la ropa y sean violadas cada noche por la tropa.
Si la autobiografía de Gavilán Sánchez no estuviera escrita con la austeridad y el pudor con que lo está, las atrocidades de las que fue testigo y tal vez cómplice no serían creíbles. Lo son, porque ha sido capaz de referir aquella  historia con una naturalidad y sencillez que sobornan al lector y desarman sus prevenciones. Es extraordinario que quien vivió, desde niño, semejantes horrores no se insensibilizara y perdiera toda noción de rectitud, compasión o solidaridad con el prójimo.
Todo lo contrario. El libro delata en todas sus páginas un espíritu sensible, que ni siquiera en los momentos de máxima exaltación política pierde la racionalidad, deja de cuestionar lo que está haciendo y se abandona a la pasión destructiva. Siempre hay en él un sentimiento íntimo de rechazo al sufrimiento de los otros, a los asesinatos, a las represalias, a las ejecuciones y torturas, y, por momentos, lo colma un sentimiento de tristeza que parece anularlo. Ese afán de redención que lo colma se transmite al paisaje, repercute en las grandes moles de los nevados andinos, estremece los bosquecillos de los valles donde cantan las calandrias.
Esos paréntesis que de tanto en tanto se abren en el relato para describir el entorno, las plantas, los árboles, los cerros, los ríos, arrojan una brisa refrescante en medio de tanto dolor y miseria y son como una delicada poesía en medio del apocalipsis.
Es un milagro que Lurgio Gavilán Sánchez sobreviviera a esta azarosa aventura. Pero acaso sea todavía más notable que, después de haber experimentado el horror por tantos años, haya salido de él sin sombra de amargura, limpio de corazón, y haya podido dar un testimonio tan persuasivo y tan lúcido de un periodo que despierta aún grandes pasiones en el Perú. El suyo es un libro que deberían leer todos esos jóvenes que todavía creen que la verdadera justicia está en la punta de un fusil. Memorias de un soldado desconocido muestra, mejor que cualquier tratado histórico o ensayo sociológico, lo fácil que es caer en una espiral de violencia vertiginosa a partir de una visión dogmática y simplista de la sociedad y las supuestas leyes históricas que regularían su funcionamiento. La esquemática convicción de Abimael Guzmán de que el campesinado andino podía reproducir la “gran marcha” de Mao Tse Tung, incendiar la pradera, arrasar a la burguesía, el capitalismo y convertir al Perú en un país igualitario y colectivista produjo decenas de miles de muertos, miles de miles de torturados y desaparecidos, familias y aldeas destruidas, aumentó la desesperación y la pobreza de los más pobres y desamparados y permitió que se entronizara en el país por diez años una de las más corruptas dictaduras de nuestra historia. Parecía que esta tragedia había abierto los ojos de los peruanos y los había vacunado contra semejante locura. Sin embargo, precisamente ahora, cuando gracias a la democracia y a la libertad el Perú vive un periodo de desarrollo económico sin precedentes en su historia, Sendero Luminoso comienza a reaparecer,  emboscado detrás de supuestas asociaciones que piden abrir las cárceles a los autores de los atentados terroristas de los años ochenta. El momento no puede ser más propicio para la aparición de un libro como el de Lurgio Gavilán Sánchez.
http://www.larepublica.pe/columnistas/piedra-de-toque/el-soldado-desconocido-16-12-2012

La extraordinaria historia de Lurgio Gavilán

Siendo apenas un niño de doce años, en enero de 1983, Lurgio Gavilán se enroló en las filas de Sendero Luminoso. Dos años después fue capturado por el Ejército. El teniente decidió no ejecutarlo, como acostumbraban hacer con los prisioneros, sino incorporarlo en sus filas, como también sucedía con algunos senderistas apresados. Luego de una década de militar, Gavilán entró como novicio a la orden franciscana. Finalmente, abandonó los hábitos, estudió antropología y se radicó en México. (“Memorias de un soldado desconocido. Autobiografía y antropología de la violencia”, IEP, 2012).
Como dice Carlos Iván Degregori en el prólogo, “después de pasar por las tres ‘instituciones totales’ más connotadas de la historia del Perú, Lurgio es un hombre libre”. (13).
La vida y la muerte en Sendero
La familia de Lurgio es de la sierra de Ayacucho pero buscando una mejor vida se asentó en la ceja de selva, a orillas del río Apurímac, en el Vrae.
Al inicio de la insurrección senderista, en 1980, su hermano Raúl se incorporó a las filas del terrorismo. En el auge de la expansión de SL,  principios de 1983, Lurgio, que tenía doce años, decidió seguir sus pasos y también se sumó a la guerrilla: “no quedaba otra opción que subirse al arca de SL o unirse a la agrupación de rondas campesinas”. (58).
El relato de Gavilán sobre sus años en Sendero es revelador. Los pasó en distintos pelotones de la fuerza local y la fuerza principal, recorriendo punas y valles. Les leían libros de Marx y Mao, pero “yo y otros niños ni entendíamos lo que leían”. (66). Todos tenían una vaga aspiración por la “justicia social” y creían que el asalto al poder estaba a la vuelta de la esquina: en 1985 tomarían Ayacucho según había pronosticado el presidente Gonzalo, Abimael Guzmán.
Muy pronto participó en su primer asesinato. Una madrugada rodearon la casa de un campesino, lo sacaron y lo golpearon brutalmente. El mando les dijo que era un soplón, un yanauma. Luego lo remataron de un escopetazo.
Sendero se insertó en las ancestrales disputas entre comunidades, usando a unas contra otras. Más tarde, el Ejército aprendió e hizo lo mismo pero con un poder muchísimo mayor.
Una típica acción en la que participó Gavilán fue una contra los comuneros de Yawarmayu que “se habían rebelado contra nosotros, estaban con los militares”. Movilizaron a unos 300 campesinos de otras comunidades rivales y arrasaron Yawarmayu. Los ronderos solo tenían piedras y armas blancas para defenderse. Los masacraron, “los muertos estaban tendidos por todas partes”. Luego saquearon la aldea y la quemaron. “No solamente fue una vez, sino muchas veces” que hicieron eso. (75).
En marzo de 1985 el pelotón de Gavilán cayó en una emboscada del Ejército. A él lo capturaron. Los ronderos que acompañaban a los militares exigían que lo maten, pero el teniente que comandaba la patrulla se compadeció y le perdonó la vida. Lo llevó al cuartel de San Miguel lo vistió con uniforme militar después y lo matriculó en la escuela. Cuando ya lo habían cambiado de colocación, un año después, el teniente le envió un regalo de Navidad con dulces.
 Lurgio se quedó en el Ejército, enganchado y reenganchado diez años.
En el Ejército
Pocas veces hay la ocasión de leer un relato de primera mano de uno de los protagonistas de esta historia. El de Gavilán es extraordinario por eso.
Cuenta, por ejemplo, que en la base de San Miguel había 4 muchachas senderistas prisioneras, de entre 17 y 20 años. A una la había tomado el jefe de la base. Las otras tres cocinaban y hacían tareas domésticas en el día. En la noche la tropa las violaba.
Cuando se anunció que llegarían los inspectores, decidieron acabar con los prisioneros. Violaron a las muchachas por última vez, las llevaron a un descampado y las mataron a tiros. (114).
Gavilán también relata cómo asesinaban prisioneros y simulaban un enfrentamiento. Una patrulla llamó a la base y comunicó que estaban siendo emboscados por Sendero. El Ejército avisó a las autoridades judiciales y fueron al lugar de los hechos. Unos veinte senderistas que Gavilán había visto detenidos en la base estaban desparramados, con escopetas y bombas en las manos. Todo fue un “simulacro planeado para eliminar a los de SL, en otras oportunidades ya habían ocurrido casos similares”. (115).
 Cuando abandonó el Ejército, decidió hacerse sacerdote. Fue a buscar al obispo de Ayacucho, Juan Luis Cipriani: “No me dio la mano, solo me dijo siéntate ahí, cuéntame tu vida”. Cuando Lurgio le dijo que había estado en el Ejército, “se puso serio y en posición de acusador. ‘¿Al cuartel vienen las prostitutas?’. ‘Sí’, le contesté”. Cipriani lo mandó a rezar a su pueblo. (132). Por otro camino se incorporó a los franciscanos.
El libro se presenta el martes en el IEP.
FUENTE: http://www.larepublica.pe/columnistas/controversias/la-extraordinaria-historia-de-lurgio-gavilan-09-12-2012



La voz del soldado desconocido

Martin Tanaka

Trabajo en el Instituto de Estudios Peruanos, así que me he impuesto reseñar solo excepcionalmente alguna de las muchas y muy buenas publicaciones de nuestro sello editorial. Esta es una de esas ocasiones, dada la importancia del libro Memorias de un soldado desconocido. Autobiografía y antropología de la violencia, de Lurgio Gavilán, con prólogo de Carlos Iván Degregori y con la colaboración de Yerko Castro (Lima, IEP - Universidad Iberoamericana, 2012).
En el libro el autor, de 39 años, cuenta parte de su alucinante biografía: es prácticamente un niño campesino analfabeto que se integra al senderismo, ascendió de militante miembro de la “fuerza principal” a “camarada”, casi muere en un enfrentamiento con el ejército, un teniente lo salva y lo integra al ejército. De adulto se convierte en instructor militar y participa en acciones contrasubversivas. Luego se vuelve aspirante, novicio y misionero para convertirse en sacerdote franciscano. No termina ese camino, luego estudia y se gradúa de antropólogo de la Universidad San Cristóbal de Huamanga. En la actualidad es estudiante de doctorado en la Universidad Iberoamericana en México, becado por la Fundación Ford.
Si bien podría decirse que nada de lo que el autor relata no ha sido analizado ya en alguna parte de los nueve volúmenes del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, el gran mérito del libro es que aborda esa temática en primera persona, dando cuenta de la cotidianidad tanto de la vida senderista como de la vida del ejército en misiones contrasubversivas. Así, resulta estremecedora en la descripción de Gavilán entrever la humanidad de quienes perpetran crímenes espantosos. El autor es testigo y partícipe de acciones senderistas de gran crueldad que tienen como víctimas a miembros del ejército, de comunidades campesinas, y del propio senderismo (los mandos senderistas asesinan a adolescentes que se quedan dormidos haciendo guardias nocturnas, por ejemplo).
Observa también cómo en medio del conflicto comuneros y comunidades se enfrentan y se matan entre sí. En el ejército observa asesinatos de detenidos, la detención de mujeres luego forzadas a prostituirse y luego asesinadas. En medio de esto, está la vida cotidiana de seres humanos con miedos, sueños, rencores, de personas que en el fondo no decidieron estar allí, en un mundo sin ley ni derechos, donde la vida prácticamente no vale nada, donde cayeron por no tener mejores oportunidades.
El relato de Gavilán sugiere que la militancia senderista en el campo fue una opción que buscaba alguna forma de integración, que responde a una búsqueda de sentido (que se politiza por una prédica que proviene de la escuela pública, que difunde una narrativa histórica de pura opresión, primero de españoles, luego de chilenos, al final de todos los gobiernos). De allí que para el autor no haya sido tan extraño el pasaje del senderismo al ejército y a la iglesia.
 FUENTE: http://www.larepublica.pe/columnistas/virtu-e-fortuna/la-voz-del-soldado-desconocido-11-11-2012