domingo, 21 de abril de 2013

FIN DE OCCIDENTE


Apogeo y decadencia de occidente

En su ambicioso libro Civilización: Occidente y el resto, Niall Ferguson expone las razones por las que, a su juicio, la cultura occidental aventajó a todas las otras y durante quinientos años tuvo un papel hegemónico en el mundo, contagiando a las demás con parte de sus usos, métodos de producir riqueza, instituciones y costumbres. Y, también, por qué ha ido luego perdiendo brío y liderazgo de manera paulatina al punto de que no se puede descartar que en un futuro previsible sea desplazada por la pujante Asia de nuestros días encabezada por China.
Seis son, según el profesor de Harvard, las razones que instauraron aquel predominio: la competencia que atizó la fragmentación de Europa en tantos países independientes; la revolución científica, pues todos los grandes logros en matemáticas, astronomía, física, química y biología a partir del siglo XVII fueron europeos; el imperio de la ley y el gobierno representativo basado en el derecho de propiedad surgido en el mundo anglosajón; la medicina moderna y su prodigioso avance en Europa y Estados Unidos; la sociedad de consumo y la irresistible demanda de bienes que aceleró de manera vertiginosa el desarrollo industrial; y, sobre todo, la ética del trabajo que, tal como lo describió Max Weber, dio al capitalismo en el ámbito protestante unas normas severas, estables y eficientes que combinaban el tesón, la disciplina y la austeridad con el ahorro, la práctica religiosa y el ejercicio de la libertad.
El libro es erudito y a la vez ameno, aunque no excesivamente imparcial, pues privilegia los aportes anglosajones y, por ejemplo, ningunea a los franceses, y acaso sobrevalora los efectos positivos de la reforma protestante sobre los católicos y los laicos en el progreso económico y cívico del Occidente. Pero tiene muchos aspectos originales, como su tesis según la cual la difusión de la forma de vestir occidental por todo el mundo fue inseparable de la expansión de un modo de vida y de unos valores y modas que han ido homogenizando al planeta y propulsando la globalización. Por eso, con argumentos muy convincentes Niall Ferguson sostiene que la promoción del pañuelo y el velo islámicos no es una moda más, sino forma parte de una agenda cuyo objetivo último es limitar los derechos de la mujer y conquistar una cabecera de playa para la instauración de la sharia. Así ocurrió en Irán tras la Revolución de 1979 cuando los ayatolás emprendieron la campaña indumentaria contra lo que llamaban la “occidentoxicación” y así comienza a ocurrir ahora en Turquía, aunque de manera más lenta y solapada.
Ferguson defiende la civilización occidental sin complejos ni reticencias pero es muy consciente del legado siniestro que también constituye parte de ella –la Inquisición, el nazismo, el fascismo,  el comunismo y el antisemitismo, por ejemplo–, pero algunas de sus convicciones son difíciles de compartir. Entre ellas la de que el imperialismo y el colonialismo, haciendo las sumas y las restas, y sin atenuar para nada las matanzas, saqueos, atropellos y destrucción de pueblos primitivos que causaron, fueron más positivos que negativos pues hicieron retroceder la superstición, prácticas y creencias bárbaras e impulsaron procesos de modernización. Tal vez esto valga para algunas regiones específicas y ciertos tipos de colonización, como los que experimentó la India, pero difícilmente sería válido en el caso de otros países, digamos del Congo, cuya anarquía y disgregación crónicas derivan en gran parte de la ferocidad de la explotación y del genocidio de sus comunidades que impuso el colonialismo belga.
El libro dedica muchas páginas a describir la fascinante transformación de la China colectivista y maoísta del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural de Mao Tse-tung a la que impulsó Deng Xiaoping, la de un capitalismo a marchas forzadas, abriendo mercados, estimulando las inversiones extranjeras y la competencia industrial, permitiendo el crecimiento de un sector económico no público y de la propiedad privada, pero conservando el autoritarismo político. Al igual que la Inglaterra de la Revolución Industrial que estudió Max Weber, el profesor Ferguson destaca el poco conocido papel que ha desempeñado también en China, a la vez que su economía se disparaba y batía todos los récords históricos de progreso estadístico, el desarrollo del cristianismo, en especial el de las iglesias protestantes. Las cifras que muestra en el caso concreto de la ciudad de Wenzhou, provincia de Zhejiang, la más emprendedora de China, son impresionantes. Hace treinta años había una treintena de iglesias protestantes y ahora hay 1.339 aprobadas por el gobierno (y muchas otras no reconocidas). Llamada “la Jerusalén china”, en Wenzhou buen número de empresarios emergentes asumen abiertamente su condición de cristianos reformados y la asocian estrechamente a su trabajo. La entrevista que celebra Ferguson con uno de estos prósperos “jefes cristianos” de Wenzhou, llamado Hanping Zhang, uno de los mayores fabricantes de bolígrafos y estilográficas del mundo, es sumamente instructiva.
Aunque no lo dice explícitamente, todo el contenido de Civilización: Occidente y el resto deja entrever la idea de que el formidable progreso económico de China irá abriendo el camino a la democracia política, pues, sin la diversidad, la libre investigación científica y técnica y la permanente renovación de cuadros y equipos que ella estimula, su crecimiento se estancaría y, como ha ocurrido con todos los grandes imperios no occidentales del pasado –Ferguson ofrece una apasionante síntesis de esa constante histórica–, se desplomaría. Si eso ocurre, el liderazgo que la civilización occidental ha tenido por cinco siglos habrá terminado y en lo sucesivo serán China y un puñado de países asiáticos quienes asumirán el papel de naves insignias de la marcha del mundo del futuro.
Las críticas de Niall Ferguson al mundo occidental de nuestros días son muy válidas. El capitalismo se ha corrompido por la codicia desenfrenada de los banqueros y las élites económicas, cuya voracidad, como demuestra la crisis financiera actual, los ha llevado incluso a operaciones suicidas, que atentaban contra los fundamentos mismos del sistema. Y el hedonismo, hoy día valor incontestado, ha pasado a ser la única religión respetada y practicada, pues las otras, sobre todo el cristianismo tanto en su variante católica como protestante, se encoge en toda Europa como una piel de zapa y cada vez ejerce menos influencia en la vida pública de sus naciones. Por eso la corrupción cunde como un azogue y se infiltra en todas sus instituciones. El apoliticismo, la frivolidad, el cinismo reinan por doquier en un mundo en el que la vida espiritual y los valores éticos conciernen solo a minorías insignificantes.
Todo esto tal vez sea cierto, pero en el libro de Niall Ferguson hay una ausencia que, me parece, contrarrestaría mucho su elegante pesimismo. Me refiero al espíritu crítico, que, en mi opinión, es el rasgo distintivo principal de la cultura occidental, la única que, a lo largo de su historia, ha tenido en su seno acaso tantos detractores e impugnadores como valedores, y entre aquellos, a buen número de sus pensadores y artistas más lúcidos y creativos. Gracias a esta capacidad de despellejarse a sí misma de manera continua e implacable, la cultura occidental ha sido capaz de renovarse sin tregua, de corregirse a sí misma cada vez que los errores y taras crecidos en su seno amenazaban con hundirla. A diferencia de los persas, los otomanos, los chinos, que, como muestra Ferguson, pese a haber alcanzado altísimas cuotas de progreso y poderío, entraron en decadencia irremediable por su ensimismamiento e impermeabilidad a la crítica, Occidente –mejor dicho, los espacios de libertad que su cultura permitía– tuvo siempre, en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas. Y esta contradicción permanente, en vez de debilitarla, ha sido el arma secreta que le permitía ganar batallas que parecían ya perdidas.
¿Ha desaparecido el espíritu crítico en la frívola y desbaratada cultura occidental de nuestros días? Yo terminé de leer el libro de Niall Ferguson el mismo día que fui al cine, aquí en New York, a ver la película Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow, extraordinaria obra maestra que narra con minuciosa precisión y gran talento artístico la búsqueda, localización y ejecución de Osama bin Laden por la CIA. Todo está allí: las torturas terribles a los terroristas para arrancarles una confesión; las intrigas, las estupideces y la pequeñez mental de muchos funcionarios del gobierno; y también, claro, la valentía y el idealismo con que otros, pese a los obstáculos burocráticos, llevaron a cabo esa tarea. Al terminar este film genial y atrozmente autocrítico, los centenares de neoyorquinos que repletaban la sala se pusieron de pie y aplaudieron a rabiar; a mi lado, había algunos espectadores que lloraban.  Allí mismo pensé que Niall Ferguson se equivocaba, que la cultura occidental tiene todavía fuelle para mucho rato.
FUENTE: http://www.larepublica.pe/columnistas/piedra-de-toque/apogeo-y-decadencia-de-occidente-13-01-2013

sábado, 20 de abril de 2013

jueves, 18 de abril de 2013

MARGARETH THATCHER.


Thatcher, sus cuatro horas de sueño y otros líderes insomnes


Parte de la temible reputación de la fallecida "Dama de Hierro" provenía de lo poco que dormía.
Margaret Thatcher, quien falleció el lunes pasado a los 87 años, era famosa por dormir sólo 4 horas por noche.
Y esa fama de infatigable se volvió parte de la mística de la exprimera ministra británica: podía mantener a sus colaboradores trabajando en un discurso hasta las dos o tres de la madrugada y luego levantarse a las cinco para escuchar un programa de radio de la BBC dedicado a la agricultura.
"Dormía cuatro horas los días de semana", cuenta Sir Bernard Ingham, quien fue su secretario de prensa en Downing Street, sede del gobierno británico. "No estaba con ella los fines de semana. Supongo que entonces dormía un poco más".
Es difícil saber cuándo Thatcher se refirió por primera vez a su mínima agenda de sueño, pero esas cuatro horas por noche son de conocimiento popular y se asocian a su resistencia.
Este frugal patrón de descanso creó, de hecho, un problema para su sucesor, John Major. "Fue difícil para él asumir después que ella, porque los funcionarios se habían acostumbrado a una mandataria que nunca dormía y él dormía ocho horas", cuenta John Campbell, biógrafo de Thatcher.
En cualquier caso, el sueño, o la falta de él, parece ser parte del carácter de un líder.
Cuando le preguntaron a Napoleón Bonaparte cuántas horas de sueño eran necesarias, se dice que respondió: "Seis para un hombre, siete para una mujer, ocho para un tonto".
Winston Churchill sobrevivió como primer ministro británico con cuatro horas por noche durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero lo que no se menciona muy a menudo es que solía dormir la siesta en las tardes con pijama y todo, algo que no hacía Thatcher.
¿Pero dormir cuatro horas es algo a lo que la gente común debería aspirar?

Las finanzas nunca duermen

En el mundo de los negocios es, desde luego, algo por lo que muchos se esfuerzan. Ejecutivos de alto nivel como Marissa Mayer, de Yahoo!, o Indra Nooyi, de Pepsi, se las arreglan con cuatro horas por noche, mientras que Donald Trump asegura que sobrevive con tres.
El columnista británico Geraint Anderson, quien trabajó como analista de mercados y corredor de bolsa durante 12 años, reconoce este fenómeno.
"Había una verdadera competencia en la City por el sueño. Una de las formas de ganar respeto era fanfarronear sobre lo poco que dormías”.
Las horas de trabajo eran muchas: de las 6.30 de la mañana hasta las 7 de la tarde. Socializar podía implicar salir hasta las tres de la mañana. Esto en el caso de los analistas. Los financieros corporativos eran los que de verdad trabajaban duro.
"Ellos podían trabajar hasta la madrugada, descansar un par de horas en la oficina, y empezar de nuevo", cuenta Anderson.
Admitir la necesidad de dormir era una señal de debilidad. "Después de una fiesta de verano o de Navidad, uno procuraba quedarse hasta el final y llegar un poco antes de lo normal la mañana siguiente", recuerda el exfinanciero.
Thatcher no era la causa, pero su nombre era regularmente invocado por sus jefes. "Ellos decían 'ella puede arreglárselas con cuatro horas de sueño para dirigir al país y es una señora mayor'".
Tanto como en los negocios, también ha habido líderes militares que optaron por el método espartano de Thatcher.
Según se ha difundido, el general estadounidense David Petraeus vivía con una comida al día y dormía cuatro horas.
Margaret Thatcher
Denis Thatcher no compartía el insomnio de su esposa.

Ventaja para creativos y visionarios

No existe una cantidad correcta de sueño, de acuerdo al especialista Kevin Morgan, del centro de estudios del sueño de la Universidad de Loughborough, en Reino Unido.
La única regla es dormir lo suficiente como para sentirse revitalizado al despertar.
Para alrededor de 1% de las personas –entre ellas Thatcher, probablemente– esto puede ser tan poco como cuatro horas, dice Morgan, consultado por la BBC.
Pero no puedes repentinamente convertirte en alguien que duerme tan poco, explica. Es probable que ese haya sido el patrón de sueño normal de la "Dama de Hierro" desde antes de ser primera ministra.
Formar parte de la llamada "elite del sueño" es una gran ventaja para visionarios y creativos. Y también puede serlo para un estadista que debe participar de cumbres que duran toda la noche.
"La gente que está a tu alrededor flaquea. Cuando las personas están cansadas su capacidad de tomar decisiones se ve afectada", dice Morgan.
James Horne, otro profesor de la Universidad de Loughborough, apunta que el estado de ánimo es fundamental. Los soldados con la adrenalina alta pueden actuar con poco sueño. "Todo depende del entusiasmo que provoque lo que uno hace. Si uno está desanimado, tiende a dormir más. Margaret Thatcher era alguien que se sentía en control".
El adulto promedio duerme siete horas por noche, pero muchos duermen bastante menos, especialmente las personas de más de 50 años. Teniendo esto en cuenta, dice Horne, es probable que Thatcher no estuviera en el 1% de la elite del sueño, sino en la normalidad.
Puede ser que a veces durmiera cuatro horas y compensara su déficit de sueño durmiendo un poco más otras noches.
"Uno tiende a atribuirle cosas notables a la gente notable, que no necesitan comer o dormir y que tiene cualidades sobrehumanas".

Caer dormido

Mathew Parris, quien fue parlamentario conservador británico contemporáneo a la gestión de Thatcher durante los 70 y 80, dice que probablemente eran cuatro o cinco horas de sueño más que las tres o cuatro que algunos sugirieron. Y según cree, tuvo su precio: pudo haberla llevado a tomar malas decisiones.
A pesar de su dureza, solía estar agotada, recuerda. "Muchas veces estaba muy cerca de ella en el Parlamento, y veía los ojos de una mujer exhausta".
En tiempos más recientes –por lo menos en Reino Unido– fanfarronear de falta de sueño ya no es tan habitual. En el caso del exprimer ministro Gordon Brown, trabajar hasta la medianoche era percibido como exceso de preocupación y debilidad.
En Estados Unidos, el expresidente George W. Bush solía irse a la cama a las 10 de la noche, a diferencia de su antecesor Bill Clinton, que trabajaba hasta tarde y dormía cuatro o cinco horas.
En otros ámbitos, en el de los artistas por ejemplo, la privación de sueño tiene aroma a impulso creativo y a ruidoso hedonismo.
Keith Richards, guitarrista de la banda británica Rolling Stones, en una ocasión estuvo despierto durante nueve días. Cuando cayó dormido, fue tan rápido que se rompió la nariz.
FUENTE: http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/04/130411_curiosidades_dormir_poco_thatcher_lideres_finde_np.shtml

Lo que Thatcher aprendió de Pinochet







domingo, 7 de abril de 2013

PATRIMONIO NATURAL

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lunes, 1 de abril de 2013

ORGULLO PERUANO, la hinchada de la selección.


La blanquirroja: una Pasión ciega





Hinchas y expertos explican a Domingo por qué –tras 30 años sin ir a un mundial y con pocas posibilidades de clasificar a Brasil 2014– los peruanos siguen asistiendo al estadio para apoyar a todo pulmón al seleccionado nacional.
Texto: Alejandra Cruz Cuevas.
Fotografía: José Vidal.
 

Alejandro, Ronny, Jair, Mateo, Patrick y Rodrigo llevan días soñando despiertos, más o menos, lo mismo: es viernes en la noche, 35 mil personas con polos rojiblancos cantan y saltan en el Estadio Nacional al ritmo de bombo y trompetas mientras Juan Manuel Vargas recibe el balón en el medio campo. Quedan solo dos minutos de juego y Perú está venciendo a Chile 3 goles a nada.
Entonces, el 'Loco' Vargas hace un pase desde la izquierda a Yordy Reyna. El jugador de Alianza Lima, que debuta esa noche con la selección, detiene suavemente el balón para enseguida levantarlo en el aire y anota el último tanto haciendo una chalaca.
El árbitro señala el final del juego y un estruendo formidable de gritos y bocinas abraza a Lima. Todo el Perú tiembla celebrando la derrota de los chilenos y la resurrección de la esperanza de ir a un mundial luego de 30 años.
Alejandro, Ronny, Jair, Mateo, Patrick y 'Ceja' son parte de los 60 miembros permanentes de 'La Blanquirroja', la barra oficial de la selección peruana que fue fundada por dos de ellos –Ronny Bustamante y Jair Villanueva– en el 2008. Desde entonces se las han ingeniado para acompañar al seleccionado nacional en todos los partidos que ha jugado en casa y en el extranjero.
Todos ellos ya tienen lista y bien guardada su entrada para el 'Clásico del Pacífico' que jugará Perú ante Chile este viernes durante la undécima jornada de eliminatorias para el Mundial de Brasil 2014.
En cambio, Edwin Vásquez no se atreve a ir al estadio. "Prefiero ver el partido por la televisión, ya estoy acostumbrado a las películas de terror. Si pierden, la frustración será menos y no como cuando regresas del estadio cual zombi", asegura el limeño. Para Vásquez y muchos otros, el tiempo, dinero, esperanza y sentimiento que estos chicos invierten en el equipo peruano no son otra cosa que masoquismo.
Especialmente luego de que en octubre Perú perdió 1-0 ante Paraguay y cayó al penúltimo lugar en eliminatorias con 8 puntos en la tabla. Para ir a ese partido Jair gastó más de mil soles y Juan Diego, otro de los miembros de la barra, viajó de La Paz a Asunción, en bus, durante 32 horas de viaje.
Por eso, el ex jugador y ex técnico de la selección Julio César Uribe considera que la pasión de estos muchachos es destacable y heroica. "No tenemos la mejor selección, pero sí la hinchada más fiel. Ojalá algún día los jugadores les correspondan con buenos resultados", opina Uribe.
Por su parte, Raúl Fernández, guardameta de la bicolor, no oculta ni niega la presión que tienen sobre sus hombros al enfrentar los próximos partidos. “Mi sueño es disputar el mundial. Una parte del país ya no cree en nuestras opciones de clasificación. Para esa gente no tenemos nada que hacer”, dice Fernandez.
Pero sí tienen mucho que devolverles a Jair y a los demás chicos de esta barra. Estos hinchas saben que el equipo peruano está en deuda con ellos. De hecho, no dudaron en decírselo a Sergio Markarián, director técnico de la selección, cuando se reunieron con él y su equipo en Montevideo en junio del año pasado.
"Él mismo nos preguntó antes del partido ante Uruguay –que perdimos 4 a 2– por qué los seguíamos apoyando cuando la mayoría del país estaba lista para lapidarlos", cuenta Jair sentado en la tribuna sur del estadio.
Junto a él han venido otros 15 miembros de la barra para coordinar algunos detalles para el partido del viernes. Mientras mueven de una baranda a otra la bandera gigante de Perú –en la que pintaron a mano la leyenda 'La Blanquirroja'– Ronny, quien es estudiante de ingeniería de sistemas, asegura que la respuesta a la pregunta de Markarián nunca ha dependido de la tabla de posiciones.
"No hacemos esto por Paolo Guerrero o por Farfán. No es por ninguno de los jugadores o por Markarián. Es por el polo que llevan puesto, por la bandera y el país que representan", explica Ronny.
Para Aldo Panfichi, sociólogo y jefe del Departamento de Ciencias Sociales de la PUCP, la respuesta de estos hinchas demuestra que el Perú se encuentra en medio de un proceso de construcción de identidad nacional.
"El país vive un renacimiento nacionalista muy fuerte; desde el tema de la comida con Gastón Acurio hasta el triunfo de Ollanta Humala en las urnas usando un discurso nacionalista. El problema es que el éxito económico y cultural que vive el país ha llevado a la afirmación de una identidad que, lamentablemente, no se refleja en la cancha", asegura el experto.
Pero, a pesar de ello, estos 17 hinchas de la blanquirroja  aún creen que Perú tiene posibilidades de clasificar a Brasil 2014. Lo dicen sin dudarlo y conscientes de que al leer esto algunos expertos como Phillip Butters sacudirán su cabeza desconcertados o tildándolos de locos. Sin embargo, esto sucede porque su esperanza va más allá del tema racional de estar a solo 4 puntos de ingresar a la zona de clasificación.
"Es como cuando Colombia goleó 5-0 a Argentina en el 93. Nadie se lo esperaba y tampoco nadie lo ha olvidado", dice Alejandro Pons, quien nació ese mismo año.
"A pesar de todas las derrotas que hemos vivido y sufrido siempre vamos a los partidos con la ilusión de llegar a ser parte de un momento histórico. Y ¿qué momento más grande puede haber que el que Perú finalmente clasifique y vaya a un mundial?", añade Mateo Garrido, estudiante de 20 años de la Universidad de Lima.
Todos ellos querían ser futbolistas cuando eran niños y dejar en alto el nombre de su patria en una copa del mundo. Ahora que claramente ese sueño infantil quedó en nada, el deseo de ser partícipes de la historia permanece.
"Nuestra forma de aportar está en contagiar a todo el estadio de nuestra pasión para que los jugadores dentro de la cancha sientan el apoyo y el compromiso que tienen con el Perú", agrega Mateo.
 UN AMOR CONSTANTE
Pero en realidad esta causa que han abrazado los hinchas más fieles a la selección va más allá de los 90 minutos en que rueda la pelota.
El día del partido llegan desde las 9 de la mañana al estadio para coordinar con la policía el ingreso de los instrumentos, confeti y banderas. Por eso varios de los que trabajan han coordinado sus días de descanso con las jornadas de eliminatorias para el mundial.
Además, muchas veces no han dormido la noche anterior por los nervios o por alistar el papel picado.
Para el último partido contra Colombia no tenían papel y recorrieron sus barrios pidiendo que les regalaran periódicos. Luego de una hora  y no conseguirlo, decidieron ir donde los bomberos. "Nos regalaron todas sus guías, unas 200, a cambio de polos que aún les debemos", recuerda Alejandro.
De ahí se fueron al centro y consiguieron que un señor con su guillotina picara el papel. Después de cinco horas salieron cargando nueve costales de confeti que estuvieron empacando en pequeñas bolsas hasta el amanecer... sin saber si al día siguiente la policía se las iba a dejar entrar.
Esta labor que hace 'La Blanquirroja' para apoyar a la selección requiere de una gran logística e implica muchos gastos. Por eso crearon un patronato al que voluntariamente aportan S/. 20 al mes.
Además, diariamente convocan, a través de su grupo en Facebook, que tiene más de 40 mil likes, nuevos miembros para la barra. Periódicamente se reúnen a ensayar los cantos que entonan en el estadio y a pintar las banderas con que decoran la tribuna en cada partido.
Y cuando ya se acerca un encuentro las reuniones se vuelven más frecuentes. Faltando dos semanas para el partido se vuelven diarias. Y esa intensidad en la organización algunas veces les ocasiona problemas con, por ejemplo, sus enamoradas.
"Mi flaca se ha reamargado porque vine para apoyarlos hoy. Pero prefiero estar aquí preparando las cosas para el partido con ustedes que con ella”, les dice Nacho, quien  ahora se compró el pleito.
A coro aseguran que en la vida le han sido más fieles a la selección que a sus enamoradas. De hecho, para que una chica les guste tiene que gustarle el fútbol. Si alguna mujer quiere enamorarlos solo tiene que jugar FIFA o PES.
De hecho, a cualquiera que salga con uno de ellos solo le hace falta entrar a su habitación para darse cuenta del rol central que juega la selección peruana en la vida de estos hombres. Por ejemplo, la habitación de Mateo parece más un museo o una tienda de recuerdos. En las paredes hay banderas, fotos, pósters y cuatro polos oficiales de la selección. En el piso, el bombode la barra y en las repisas su pelota y un jarro de cerveza con la barra de la selección.
Sus prioridades: "Dios, familia, patria y selección", dice Rodrigo Morales, a quien apodan 'Ceja' por razones obvias. "Bueno, y ahora el Papa", agrega entre risas. Pero entre estas bromas y las habitaciones de estos hinchas se encuentran más explicaciones de su pasión por la selección.
Tanto para el sociólogo Panfichi como para el psicólogo clínico Andrés Reyes, a través de su afición por el equipo inca los peruanos no solo ratifican su identidad nacional sino también construyen la propia al identificarse y sentirse como actores centrales de un colectivo.
"Son jóvenes que en la construcción de su identidad, al identificarse con ese grupo, disfrutar del triunfo y de la derrota como propios,  terminan dependiendo del fútbol para vivir. Así Perú no sea un representante mundial de la disciplina", asegura Reyes haciendo referencia al último ranking de la FIFA que ubica al seleccionado nacional en el puesto número 41, por debajo de Bolivia, que se está en el puesto 37.
Ejemplo de esta construcción de identidad es que todos se reunirán el miércoles a las 6:30 pm en la Videna para el Banderazo. Y en esa serenata a la selección lanzarán una canción que compuso Santiago Chávez, otro de los miembros de la barra.
SANOS COMO LECHUGAS
Al compás de un cajón peruano los 17 chicos reunidos en el Nacional entonan parte del tema: “Tengo marcado en el pecho todos los días que el tiempo no me dejo estar ahí. Tengo una fe que no duda....un deseo constante de seguirte a todas partes, te doy de mí lo mejor…Salta conmigo, mi hermano, que la victoria está cerca, vamos a hacer una fiesta y que esta pasión crezca más”.
Cuando el año pasado Perú cayó ante Colombia, por primera vez como local, en las eliminatorias rumbo a Brasil 2014, Jair, Ronny, 'Ceja', Mateo y todos los demás chicos sintieron ira. "Lloramos pero no desatamos nuestra frustración con violencia", recuerda Ronny.
'La Blanquirroja', como barra de la selección, ha impulsado una política de no violencia y no segmentación por rivalidades de equipos locales.
"El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes", dicen varios parafraseando la famosa cita de Arrigo Sacchi, entrenador italiano del Milan de finales de 1980.
"Hay que saber marcar límites. El fútbol es una pasión y amamos a la selección pero para ser un buen hincha hay que ser buena persona", concluye Jair, lamentando que por los actos violentos de barras locales ellos no puedan armar muchas veces la fiesta que les gustaría en la tribuna.
"Somos sanos como lechugas, tranquilos. A celebrar con nosotros vienen familias enteras", asegura 'Ceja'.
Para el psicólogo Andrés Reyes, esto demuestra un nivel más alto de pensamiento, que permite a estos hinchas conservar la identidad y exigir respeto ante los símbolos nacionales, a pesar de la base netamente emocional y subjetiva de la pasión por la selección.
Por su parte, Panfichi explica que esto se da porque aún hay mucho más de las biografías individuales de los hinchas en sus adhesiones futbolísticas a nivel de los clubes.
Pero lo cierto es que, de acuerdo con un estudio realizado por  la Universidad de Ohio, el mayor disfrute de un hincha se produce si su equipo gana tras haber sentido un fuerte miedo y haber perdido casi la esperanza de que ganara. Es decir, de ganar ante Chile el viernes, estos chicos y muchos peruanos sentirán, tal vez, la mayor alegría hasta ahora en su vida.
FUENTE: http://www.larepublica.pe/17-03-2013/la-blanquirroja-una-pasion-ciega#foto1